viernes, 25 de julio de 2008

Sexo en... la literatura (II)

Hay que haber leído a Sábato para entender lo que viene más abajo como una de las cimas del erotismo sabatino. Ernesto Sábato es un escritor de una densidad terrible, trágica, angustiosa. Una vez que lo oí en un programa de radio, le preguntaron por el significado de algunos pasajes de su novela "Sobre Héroes y Tumbas" (de la que he tomado el texto), principalmente el largo capítulo que conduce al final de su universo subterráneo y pestilente: "El Informe sobre Ciegos". Y respondió, como buen argentino, que "Aquello significá lo que vos querés. Yo lo escribí, vos elegís. Lo que vos entendés, pues eso es lo que es". O algo así.
Yo lo había leído unos 3 años antes, y el maestro no me defraudaba. Me pareció soberbio e inteligentísimo en esas declaraciones, hacía un guiño a los lectores que interpretaban sus obras tal como él las había escrito-vivido, y daba la oportunidad a que cualquiera pudiera interpretarla bajo un prisma quizá más inocente, menos terrible y más prosaico. Como una ficción y no como un ensayo sobre "el otro lado" del ser humano, de las miserias, las angustias, el fango y las bestias, los miedos ancestrales y ocultos... que es lo que realmente reflejan las obras de Sábato.
El personaje central de la obra, Martín, se enamora de Alejandra, joven tan enigmática, desconcertante y atormentada como el alter-ego femenino de Sábato. No es de extrañar, pues, que el sexo en la novela se reduzca a unas cuantas líneas llenas de lirismo en las que Martín, después de ser rechazado una y mil veces por la princesa-dragón, consigue su objetivo de hacerle el amor, aunque ni siquiera en esto se recrea Sábato en llegar hasta el final... más preocupado quizá por desengañarnos y hacernos sentir la gélida reacción de Alejandra a la mañana siguiente...
Para los que al leer el libro también nos enamorábamos de esa mujer tan sensual como angustiada y misteriosa, "verla" desnuda era todo un premio a la paciencia de las ciento y pico páginas anteriores de desconcertantes y sombríos episodios. Ahí va la escena:

—¿Nunca te podré besar, nunca podré tocar tu cuerpo? —preguntó Martín casi con cómica e infantil amargura.
Vio que ella se ponía las manos sobre la cara y se la apretaba como si le dolieran las sienes. Después encendió un cigarrillo y sin hablar fue hacia la ventana, donde permaneció hasta concluirlo. Finalmente, volvió hacia la cama, se sentó, lo miró larga y seriamente a Martín y empezó a desnudarse.
Martín, casi aterrorizado, como quien asiste a un acto largamente ansiado pero que en el momento de producirse comprende que también es oscuramente temible, vio cómo su cuerpo iba poco a poco emergiendo de la oscuridad; ya de pie, a la luz de la luna, contemplaba su cintura estrecha, que podía ser abarcada por un solo brazo; sus anchas caderas; sus pechos altos y triangulares, abiertos hacia afuera, trémulos por los movimientos de Alejandra; su largo pelo lacio cayendo ahora sobre sus hombros. Su rostro era serio, casi trágico, y parecía alimentado por una seca desesperación, por una tensa y casi eléctrica desesperación.
Cosa singular: los ojos de Martín se habían llenado de lágrimas y su piel se estremecía como con fiebre. La veía como un ánfora antigua, alta, bella y temblorosa ánfora de carne; una carne que sutilmente estaba entremezclada, para Martín, a un ansia de comunión, porque, como decía Bruno, una de las trágicas precariedades del espíritu, pero también una de sus sutilezas más profundas, era su imposibilidad de ser sino mediante la carne.

1 opinión:

François de Fronsac dijo...

Hola.
Veo que casi acabas de llegar a esto de las bitñacoras y llevas un trabajo impresionante. Me tomaré mi tiempo para ir conociendo lo que escribes y nos cuentas.
La cólera de Nébulos